martes, 27 de septiembre de 2011

EN EL CIENTO TREINTA ANIVERSARIO DE MI MUERTE


En la actual isla de Zuaza, estaba el pueblo de Landa     

El pueblo llano tuvo mucho que ver con el nacimiento de la literatura de los evangelios apócrifos. Su imaginación y la inclinación para interpretar determinados sucesos extraordinarios, dieron un signo especial a la rutinaria vida en los siglos pasados. El estilo de vida rural ofrece una valiosa guía para la interpretación de los entresijos de la sociedad, la cual –salvo excepciones- ha tenido mucho de campesino hasta comienzos del siglo XIX.
                                                  
Mi familia paterna, como lo demuestra claramente su apellido, es de ascendencia alavesa. Los “velezdemendizabal” tuvieron su solar en el pueblecito de Landa. Aldeanos de cuerpo entero, por lo tanto, ya que salvo los hojalateros –es decir, los que al tener un oficio diferente como zapatero, herrero etc. carecían de tierras de labrantío- la mayoría confiaba sus sueños al producto de la cosecha.

Siguiendo al historiador Iñaki Zumalde, la familia Velez –que en la alta Edad Media ocupaba cargos de relumbrón en el reino de Navarra- dio comienzo al linaje de los Guevara.

Mis ancestros más directos eran mucho más sencillos, y mi tatarabuelo Antonio casó al caserío paterno de Landa con la aramaioarra Francisca Murua del barrio de Gantzaga.

Estamos en la segunda mitad del siglo XIX. Los vecinos de Landa habían sido testigos en 1839 de la demolición del castillo de Guevara, como consecuencia de la derrota de los carlistas en la primera guerra. La segunda carlistada estaba apunto de estallar. Y el hambre y las necesidades apretaban duramente en la economía de los modestos baserritarras. Siendo los niños y niñas mano de obra barata para las labores del campo los caseríos se llenaban de hijos e hijas. Y así sucedió también en el hogar de aquellos mis antepasados, en donde con cada nacimiento de un nuevo miembro familiar aumentaba la esperanza pero, a la vez, también la angustia.
Amanita Phalloides
Era el 26 de septiembre de 1862. En los alrededores de Aldaia regados por el Zadorra alguien de la familia se afanaba en la búsqueda de setas. No debía de ser la primera vez que aquel cuerpo fructífero iba a acompañar la comida o la cena de la familia.

Pero en esta ocasión alguno de la familia cometió un grave error, y la tragedia se produjo en casa de mis tatarabuelos: la madre y tres hijos fallecieron envenenados en el transcurso de veinticuatro horas, es decir el día 27.

Mi bisabuelo Nicolás, quien a la fecha era  un mocoso de seis años, parece que no participó de aquel fatal banquete y salvó su vida. La cual tuvo que ser reorganizada, siendo recogido por una familia de Mondragón, en donde desde muy niño comenzó su periplo en la industria local. Fue un magnífico cerrajero, siendo bautizado con el sobrenombre de “Maixu Txiki”, apodo que los miembros de mi familia hemos llevado desde entonces.

Esta curiosa historia, que la conocía por transmisión familiar pero sin rigor de detalle, me resultó más interesante cuando la pude documentar con datos obtenidos en el Archivo de la Diócesis de Vitoria.

Alguien que crea en la teoría del eterno retorno – y aquí ligo con el comienzo del escrito- podría pensar que se trata de una nueva prueba sobre la veracidad de tal planteamiento metafísico. Y dándole vueltas al suceso familiar, podría argumentar que alguno de aquellos fallecidos ahora ciento treinta años ha tomado cuerpo en mí. ¿Cuál de ellos? Sin duda de ningún género me inclinaría a pensar que “la afortunada” ha sido mi tatarabuela Francisca.  Y tengo tres razones fundamentales:

1.- Ella era natural de Aramaio, y yo también.
2.- No creo que le quedaran ganas de volver a probar setas en su vida, y a mí nunca me han atraído ni la micología ni los revueltos de perretxikos.
3.- Falleció un 27 de septiembre, y yo vine al mundo tal día como ése pero ochenta y siete años más tarde.

O sea, que casi-casi me atrevería a decir que soy mi tatarabuela.


Traducción al español del original en euskera, publicado en Agosto de 1992, en la revista Gasteiz.  

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