jueves, 2 de junio de 2011

POR LA CALIDAD HUMANA HACIA LA LIBERTAD (3/de 3)


Primera parte

Segunda parte


La realidad que más aterra a los humanos es la obligación de morir. El vacío nos hace temblar, en cuanto pensamos en él. Al homo technicus le horroriza la muerte, ya que supone un definitivo frenazo a su prueba continua contra reloj. Si en su planteamiento intelectual tuvieran lugar preguntas sobre la muerte, sería más llevadero el trauma surgido por la conciencia de tener que abandonar un día esa enajenante carrera. Mas es una constatación que los tentáculos tecnológicos dificultan el recogimiento interior y que la civilización está ahogando la cultura. A ésta – puro revestimiento espiritual del desarrollo- le es imposible seguir el ritmo que la civilización sin nombre impone a los ciudadanos de a pie. Es más, podríamos decir que a la actual civilización, aquella que exige hombres y mujeres amansados y conformistas, le sobra la cultura, no vaya a convertirse en una rémora para sus intereses.

Como consecuencia de ello, surge una marea uniformada y estéril, donde la persona se convierte en esclavo, con la gran contradicción de que a éste le corresponde cada día más, en teoría, tiempo libre para conformar su espacio vital, oportunidad que no es aprovechada para trabajar con valores libertarios sino, precisamente, para todo lo contrario.

¿Por qué no apuesta el individuo por su liberación? Trataré de contestar con otra constatación: me produce pavor la caída en nuestros días del socialismo. Y no solamente por el mero hecho de la pérdida de una plataforma utópica, sino también por el estilo que políticos y medios de comunicación utilizan para tratar y comentar la desaparición de una corriente -¿la última?- de pensamiento libertario. Está claro que el homo technicus en el poder necesita de un mundo ordenado, maravillosamente dócil. Con lo que, si la utopía debe alumbrar el semblante de cualquier futuro, nuestro porvenir no es ciertamente ilusionante.

El sistema educativo, a todos sus niveles, responde solamente a las necesidades inmediatas. De nuestras ikastolas y demás centros salen hacia la universidad remesas de futuros ingenieros, médicos, economistas y demás especialistas que sirvan de manera ideal para engordar al homo technicus. Y a aquellos, el sistema les pagará exclusivamente con dinero, es decir con la droga alienante que más estima nuestra sociedad. Si el progreso de la ciencia debe de darse en un contexto de libertad espiritual de la sociedad, está claro que la ciencia que ésta está alumbrando poco tiene de liberadora.

Algo similar nos pasa con la cultura. El déficit espiritual pone en riesgo la capacidad creativa en libertad. Y la crisis cultural –constatable a todos los niveles- ha sido sometida y desarmada por el mundo civilizado. Lógicamente, las tradicionales corrientes culturales no serán suficientes para poner fin a la tendencia engullidora y anuladora de la sociedad actual.

Queda la esperanza de la utopía. El despegue de la cultura no vendrá desde el freno al desarrollo ni desde el querer inmovilizar la historia. La vida solamente la para la muerte. Y por ello, los creadores en libertad –lejos de ataduras y anclas inmovilistas- deberán de tratar de llevar hacia delante a esa persona deseosa de engarzar con el homo naturalis. Carrera sin prisas, sin relojes que nos marquen límites. Solamente con la visión siempre presente de lograr un hombre nuevo ¡Vaya tarea que nos toca a los utópicos!


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