viernes, 17 de febrero de 2012

CON LOS POBRES DE LA TIERRA (2 de 2)


Continuación de la primera PRIMERA PARTE
 
Raúl Rodríguez es el sacristán de la Catedral de La Habana. En mis viajes le suelo proveer de revistas de información general, ya que es lo que me solicita. Su sueldo de cien pesos no le da para muchas maravillas y el mejor regalo que se le puede hacer -como él dice - es la opción de un tipo de lectura diferente que le permita escapar de la habitual y estéril oscuridad. Los cubanos leen mucho y los libros son muy baratos. El problema está, lógicamente, en el control sobre los títulos ofrecidos. El Instituto Cubano del Libro publica semanalmente la lista de los más vendidos. Es claro el efecto espiral inducido en los títulos que aparecen en la lista.

Santiago de Cuba
Efecto semejante se constata en la radio y la televisión. El estilo más directo que heredaron de España es el “corintelladorismo” y eso se comprueba perfectamente en la producción audiovisual. El cubano es sentimental y soñador; no solamente el de color y el mestizo, sino también el paisano blanco o guajiro. Y podría decirse que el lloro lo tienen asumido  como ejercicio saludable y reconfortante, por lo menos si nos atenemos a los innumerables seriales tipo culebrón.

Por si fuera poca la propia producción interior, importan desde hace tiempo. En casa de unos amigos, la niña de cuatro años preguntó cierto día a su madre, a la vez que apretaba el botón del aparato de televisión: “¿Hoy qué hay, Curro o Fidel? La niña se estaba refiriendo al bandolero andaluz Curro Jiménez, protagonista de la serie que TVE vendió a la cubana. Sobre el segundo, me imagino que no hay duda.

Las cosas se les ha puesto muy difíciles a los cubanos. Como decía hace poco Fidel Castro, el cielo no se puede ni atacar ni vencer: hay que crearlo. El problema para ellos, sin duda, está en los medios que utilizarán para esa creación y no sé yo si no se les ha agotado definitivamente la capacidad inventiva. Cuba no ha sido nunca una sociedad con cultura industrial ni -incluso-económica, en su sentido más estricto, pero no creo que esa falta deba atribuirse ni a los antiguos colonialistas españoles ni a las dictaduras capitalistas que sustituyeron a aquellos. La forma de ser cubana no casa bien con el tradicional desarrollo económico. El bloqueo, por otra parte, ha entorpecido el noble y plausible esfuerzo de los dirigentes de la isla. Pero tengo la impresión de que éstos no han acertado en la apuesta. Los distintos sectores industriales que han querido desarrollar han fracasado uno detrás de otro, aun a pesar de invertir millones de dólares americanos en la preparación de tal infraestructura. Fidel sabe bien que, en alguna medida, él es el responsable de la actual penuria que sufre Cuba.

Monumento a José Martí
Hace ahora cuatro años, como consecuencia del proceso que los cubanos denominan “reconducción del socialismo” se dio carpetazo a la gran inversión  en empresas industriales y se abrió el grifo hacia un sector para el que hasta entonces se actuaba con gran precaución: el turismo. De repente, se multiplicaron como hongos las entidades relacionadas con el sector turístico y la mayoría comenzó a relacionarse con empresas especialistas españolas. El resultado fue inmediato: compañías afamadas que han dejado la costa española hecha unos zorros comenzaron a hacer de las suyas en lugares paradisíacos de Cuba.

En la historia de Cuba el nexo entre cultura e ideología ha sido muy original, pudiéndose hablar también hoy en día de una cultura del sometidor y del sometido, al encontrarse en sus precarias necesidades totalmente cautivos de la posible ayuda interesada del exterior. Los pensadores y revolucionarios Felix Varela y José Martí fueron quienes en el XIX reivindicaron la libertad para Cuba, llamando a romper con la dependencia de España y Estados Unidos. Hoy no llegarían a entender cómo, tras el logro de esa ansiada libertad y antes de cumplir su primer centenario como país autónomo, un proceso revolucionario ha podido costar tanto a la nación cubana, poniendo hasta en riesgo la  propia continuidad de la revolución.



Argazkiak: Zuriñe Velez de Mendizabal

Traducción del original en euskera, publicado en Euskaldunon Egunkaria el 17 de octubre de 1991


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