
Los mafiosos acercaron hasta las orillas del embalse de
este pueblo alavés a quienes habían confiado en ellos, abandonándolos con un
escueto: “Hemos llegado; esperar y pronto vendrán a por vosotros. Tenéis que
cruzar este río” Los que aparecieron a los tres días fueron los guardias
civiles, avisados por algún lugareño que había dado en el monte con aquel grupo
humano que esperaba ansioso a sus salvadores. Al poco los bajaron a la placita
del pueblo donde en su fuente pública mi amigo, por aquel entonces chavalín de trece años,
estaba dando buena cuenta de su merienda. Xabier no olvida que uno de
aquellos engañados le ofreció sus zapatos a cambio del bocadillo que sostenía
en la mano.
Desde entonces Xabier ha tenido ocasión de tratar con portugueses, por
muchas razones. La principal, sin duda, ha sido laboral, al haber tenido que
viajar frecuentemente por aquel país, de norte a sur, visitando clientes y
proveedores. Por lo que me suele contar, el desarrollo económico que en los
últimos años ha ido palpando en Portugal ha equilibrado en parte aquella
terrible primera imagen que recibió de niño sobre los ciudadanos lusos. La industria
se ha modernizado como nunca antes, haciéndola ágil y competitiva. A su
reciente regreso de Oporto me comentaba que ya nos podemos poner las pilas o
los hijos de aquellos zarrapastrosos que a él tanto le impactaron en Ullíbarri
Ganboa nos van a tomar la delantera en el camino hacia Europa.
Traducción del original en
euskera, publicado en Euskaldunon Egunkaria el 18 de diciembre de 1990
Foto: amaliorey.com
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